Más que desinformación, Colombia enfrenta una gestión sistemática de emociones. El lenguaje alarmista gobierna titulares, redes y debates, debilitando la reflexión colectiva.
Desde marchas pacíficas hasta disturbios, el poder de las masas tiene la capacidad de transformar sociedades. Sin embargo, su fuerza puede desbordarse y comprometer la convivencia si no se maneja con responsabilidad y ética.