L bailaba sin cesar en cada marcha a la que asistía. Ese día se vistió de Pantalón Blanco, camisilla azul aguamarina, morral y zapatos cómodos. Nunca fue posible entender de donde venía ese ritmo armónico con el que L bailaba en cada manifestación, pues el único ruido audible, era el confuso paisaje sonoro de las arengas sesenteras gritadas por una mujer afónica, el redoblante sin destino que se atravesaba en mitad de la marcha, o las aburridas canciones protesta que más que inocularte fragor revolucionario te mandaban a dormir; pero L era distinto, L llevaba su propia música y hacia sus propios pasos, bellos, coordinados, con sentido, bailes que desafiaban barandas de puentes o terminaban abrazando agentes del orden.

Esa tarde, L bailó con la muerte antes de que la bala atravesara su cuello, le hizo unas figuras con su pies, tan desafiantes a la parca, que esta, ofendida, disparó su ritmo letal, pues por dentro admiraba y a la vez odiaba profundamente a este hombre azul que la sacaba a bailar sin miedo, que le sonreía a un rostro desdentado, que amacizaba la sombra de un mal sueño…

L bailó con la Muerte; todas las noches en el lugar de su muerte una música secreta hace vibrar las sombras de los muertos en el puente colgante…

Por Miguel Rubio

Manizaleño de nacimiento y pereirano de adopción, pensamiento, palabra y obra. Licenciado en Español y Literatura de la Universidad Tecnolgica de Pereira, actualmente se desempeña como promotor de lectura en Comfandi Cartago.

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