Hace algún tiempo conocí un grupo de personas que habían sido actores del conflicto armado. Cuando dialogaba con ellos mi interés se concentraba en saber por qué habían terminado de manera directa o indirecta en la guerra. Independiente del origen de sus grupos o del sector que representaban, cada persona tenía una historia que contar.

Sus relatos tenían un punto en común: coincidían en la ausencia o ineficiencia de algún servicio o política estatal que impactaba de manera negativa el desarrollo social y económico de un territorio:  la ausencia del estado, la falta de oportunidades, ser víctimas de una injusticia, haber sido reclutados en su niñez, el dinero fácil, la búsqueda de seguridad privada o la violencia intrafamiliar.  

En ese grupo habían exparamilitares, exguerrilleros, empresarios, policías y militares. Sus historias me permitieron entender que a pesar de mis ideas preconcebidas sobre los buenos y los malos de la guerra, la realidad era mucho más compleja. Los buenos para unos eran los malos para otros. Esta experiencia me acercó al concepto de empatía.

Empatía, definida como la capacidad de entender o sentir desde el marco de referencia de los otros; es decir,  “ponerse en los zapatos del otro”. Lo anterior, tal vez es una de las capacidades más importantes en la búsqueda de puentes entre sectores tradicionalmente opuestos.

¿Quién es el enemigo?

La interacción con las personas y el ejercicio de intentar ponerme en sus zapatos me ayudó a entender que el enemigo no es la guerrilla, ni los paramilitares, ni los delincuentes, pero si lo es, la falta de oportunidades, la ausencia de inversión social (en especial en territorios apartados), la corrupción, la inequidad, la desatención del campo, la injusticia y la falta de garantías para el sector económico.

¿Y la reconciliación?

Fortalecer la empatía y tener un enfoque humanista en la manera de abordar las diferencias es necesario para promover la reconciliación. Todos los días vemos a través de las redes sociales como se condena la violencia de un actor y se defiende la de otro, se recuerdan los crímenes de la guerrilla y se callan o justifican los crímenes de los paramilitares, se señala la corrupción de uno y se calla la corrupción del otro, se llora el asesinato de uno y se es indiferente ante el asesinato del otro. Asimismo, se exige por los derechos propios y se invalidan las luchas de los otros, se pide respeto por la diferencia y se excluye al que no piensa igual. Se genera caos para vender seguridad. Se vende miedo y enemigos imaginarios (Castrochavismo, comunismo, socialismo, fascismo, nazismo) para generar salvadores.

Urge la reconciliación. Urge identificar proyectos comunes. Urge ponernos en los zapatos del otro para ceder en las posiciones e identificar acuerdos en lo fundamental: la búsqueda del bienestar, equidad, desarrollo económico y la convivencia pacífica.

PD/ Columna escrita en el 2018, vigente en el 2021.

Por Lina Arango Dávila | @linamariaarango

Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales con maestría en Desarrollo Regional. Asesora en Gobernanza, transparencia y construcción de paz.

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