Esa tarde, L bailó con la muerte antes de que la bala atravesara su cuello, le hizo unas figuras con su pies, tan desafiantes a la parca, que esta, ofendida, disparó su ritmo letal, pues por dentro admiraba y a la vez odiaba profundamente a este hombre azul que la sacaba a bailar sin miedo, que le sonreía a un rostro desdentado, que amacizaba la sombra de un mal sueño…
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