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    Opinión

    La soledad como ausencia de encuentro

    Claudia Castaño MontoyaBy Claudia Castaño Montoyaabril 10, 2026No hay comentarios4 Mins Read746 Views
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    Ella estaba allí. En silencio, con la mirada dirigida al vacío y yo abrí un artículo que me conectó con ese instante.
    Carl Jung lo expresó con una claridad incómoda: la soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar lo que realmente importa.
    Hay una idea cómoda que repetimos sin cuestionar: que la soledad es simplemente estar solo. Es falsa.
    La soledad empieza mucho antes. Empieza cuando, aún rodeados de gente, nadie logra vernos de verdad. Cuando hablamos, pero no somos escuchados. Cuando estamos, pero no contamos.
    Ese tipo de soledad, la que no se elige, no es un estado emocional pasajero. Es un fenómeno medible, con consecuencias concretas. No es cualquier estado: es salud pública. Hoy se reconoce como uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo.
    Y los datos son incómodos: el aislamiento social sostenido aumenta el riesgo de muerte en niveles comparables a hábitos como fumar. Dicho sin rodeos: la soledad enferma.
    Y, sin embargo, seguimos tratándola como un asunto menor, casi íntimo, como si fuera responsabilidad de cada persona «salir de ahí».
    Ahí está el primer error.
    Porque la soledad contemporánea no se explica únicamente por decisiones individuales. Se explica, sobre todo, por el tipo de sociedad que hemos construido. Una sociedad donde la hiperconexión convive con relaciones cada vez más frágiles. Donde hablar es fácil, pero vincularse es difícil. Donde abundan los contactos, pero escasea la presencia.
    Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos. Y nunca había sido tan difícil sentirnos comprendidos.
    La paradoja es brutal: estamos conectados todo el tiempo, pero profundamente desvinculados.
    No se trata de idealizar el pasado, sino de reconocer un deterioro. Hemos cambiado profundidad por inmediatez, escucha por respuesta rápida, compañía por disponibilidad. Y en ese intercambio, algo esencial se ha perdido: el encuentro.
    Pero hay algo aún más incómodo.
    A veces no es que estemos solos. A veces es que dejamos de ser nosotros para poder estar con otros. Nos adaptamos, nos diluimos, evitamos mostrar lo que realmente importa. Y esa renuncia también aísla.
    Porque no hay vínculo posible cuando lo que se encuentra no es real.
    Pero hay un segundo error, igual de extendido: creer que toda soledad es negativa.
    No lo es. La soledad elegida puede ser necesaria, incluso transformadora. Es espacio de reflexión, de creación, de descanso del ruido externo. El problema no es estar solo. El problema es no tener a dónde volver.
    No tener un vínculo que sostenga.
    Ahí es donde la soledad deja de ser elección y se convierte en abandono.
    Y ese abandono no ocurre en el vacío. Afecta más a quienes ya están en condiciones vulnerables: adultos mayores que pierden redes, jóvenes que no encuentran pertenencia, personas atravesadas por desigualdades que también aíslan.
    No todos están solos por las mismas razones. Pero muchos lo están por razones que no dependen completamente de ellos.
    Lo más inquietante es que la soledad no solo duele: transforma la manera en que vivimos la realidad. No es una falla de carácter. Es una respuesta del cerebro que, ante la falta de vínculos seguros, entra en estado de alerta. Quien se siente solo empieza a percibir que no encaja, que no es comprendido, que no pertenece.
    La soledad no es solo un vacío. Es una experiencia que distorsiona.
    Por eso, reducirla a un asunto de actitud individual no solo es simplista, es irresponsable.
    La pregunta de fondo no es por qué hay personas solas.
    La pregunta incómoda es otra:
    ¿Qué tipo de sociedad estamos construyendo que produce soledad incluso en medio de la compañía?
    Y quizás haya otra, aún más difícil:
    ¿Cuánto estamos dispuestos a incomodarnos para sostener vínculos reales?
    Porque revertir esto no pasa por hablar más.
    Pasa por algo mucho más exigente: estar, escuchar y permitir que el otro, y nosotros mismos, seamos de verdad.
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    Claudia Castaño Montoya
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    Claudia Esperanza Castaño Montoya es la líder de EmociónyEspíritu, una iniciativa que busca conectar a las personas con su bienestar emocional y espiritual. Anteriormente, se desempeñó como Coordinadora Académica en la ESAP (Escuela Superior de Administración Pública) [1987-2010] y como Gerente del ICA (Instituto Colombiano Agropecuario) [2010-2019] en Risaralda y otros departamentos. Una persona inquieta por el ser humano, la cual busca constantemente formas de ayudar a otros a encontrar un equilibrio en sus vidas

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