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    EL QUE CUIDA

    Claudia Castaño MontoyaBy Claudia Castaño Montoyajulio 25, 2026No hay comentarios3 Mins Read723 Views
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    Hay una persona en casi todas las casas que nadie nombra, pero todos necesitan.
    No firma actas, no recibe reconocimientos, no aparece en las conversaciones sobre quién lo está pasando mal. Está pendiente del que sí. Pregunta cómo durmió, revisa si comió, se queda despierta escuchando si el otro llegó bien. Con el tiempo, deja de saber en qué momento del día piensa en sí misma.
    La llamamos cuidadora, o cuidador, como si fuera un cargo. En realidad es una transformación silenciosa: alguien que un día decidió, sin ceremonia, que el bienestar de otra persona pesaría más que el propio.
    Eso ocurre en las familias de quienes enfrentan una enfermedad. Ocurre con los padres de un hijo que atraviesa una crisis. Ocurre, de manera particular, en las familias donde alguien vive una adicción.
    Ahí el cuidado toma una forma extraña. La tranquilidad de toda la casa empieza a depender de un termómetro ajeno: si la persona está bien, todos respiran; si recae, todos se hunden con ella. Nadie lo decide así. Simplemente, con los meses, los límites entre lo que le pasa al otro y lo que nos pasa a nosotros se van borrando, hasta que ya no sabemos separar su tormenta de la nuestra.
    Y entonces sucede algo que pocas veces se dice en voz alta: cuidar mal también es una forma de amar demasiado.
    Se vigila, se controla, se esconde, se suplica. Se cree que la fuerza de voluntad propia puede sostener la voluntad ajena. Cuando eso falla, y suele fallar, porque no depende de uno, no se interpreta como parte de una enfermedad difícil. Se interpreta como un fracaso personal. Y ese fracaso, repetido, va desgastando algo tan simple como saber quién es uno por fuera de la persona a la que cuida.
    Por eso conviene decirlo con claridad, aunque incomode: nadie cuida bien desde el agotamiento.
    Un cuidador exhausto no tiene margen para paciencia, y sin paciencia no hay acompañamiento posible, solo control. La persona que sostiene necesita, ella también, ser sostenida. No por debilidad, sino porque el cuidado, cuando no se cuida a sí mismo, termina por consumir a quien lo ofrece antes que a quien lo recibe.
    Cuidarse a uno mismo, en este contexto, no es un gesto egoísta. Es lo que permite seguir ahí sin desaparecer en el intento. Un padre que también duerme, que también sale a caminar, que también se permite un café con un amigo sin culpa, no está abandonando a su hijo. Le está mostrando, sin decir una palabra, que es posible sostener una crisis sin dejarse tragar por ella.
    Quizás ese sea el verdadero acto de cuidado: no desaparecer para que el otro exista, sino permanecer, entero, para poder acompañarlo por más tiempo del que un solo cuerpo agotado podría resistir.
    Porque la capacidad de cuidar a otro empieza, casi siempre, en la capacidad de no olvidarse de uno mismo.
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    Claudia Castaño Montoya
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    Claudia Esperanza Castaño Montoya es la líder de EmociónyEspíritu, una iniciativa que busca conectar a las personas con su bienestar emocional y espiritual. Anteriormente, se desempeñó como Coordinadora Académica en la ESAP (Escuela Superior de Administración Pública) [1987-2010] y como Gerente del ICA (Instituto Colombiano Agropecuario) [2010-2019] en Risaralda y otros departamentos. Una persona inquieta por el ser humano, la cual busca constantemente formas de ayudar a otros a encontrar un equilibrio en sus vidas

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