La carta de un padre de familia de cuarto de primaria del INEM Felipe Pérez no es un gesto político ni una exageración emocional. Es una alerta razonable. Cuando un niño no sabe qué cuadernos llevar porque solo en la mañana le informan qué clase verá ese día, cuando recibe cinco horas seguidas de educación física o cinco horas continuas de español mientras otras materias prácticamente no aparecen, el problema deja de ser interno y se convierte en público. La educación no puede depender de la improvisación diaria.
Lo que se describe en el INEM Felipe Pérez es estructural: ausencia de un horario oficial estable; modificaciones nocturnas para los docentes; estudiantes que no identifican un profesor titular claro; grupos que quedan sin docente en determinadas horas; y jornadas que concentran excesivamente una sola asignatura. Cuando la planeación se reemplaza por cubrir vacíos sobre la marcha, el sistema pierde coherencia pedagógica.
A esto se suma una contradicción que merece explicación. Se afirma que sobran docentes por disminución de matrícula, pero al mismo tiempo se estarían autorizando horas extras y manteniendo profesores disponibles toda la jornada “por si surge alguna eventualidad”. Si sobran docentes, no deberían existir horas adicionales. Si existen horas adicionales, entonces la supuesta sobreoferta de personal requiere revisión. En un contexto donde la Contraloría ha detectado irregularidades en el manejo de horas extras dentro del sector educativo y ha llegado incluso a congelar cuentas, esta incoherencia no puede pasarse por alto.
La explicación de que se está esperando una validación de planta mientras transcurre más de un mes sin organización académica formal tampoco resuelve el problema. El servicio educativo no puede quedar en pausa administrativa. El derecho a la educación exige continuidad, estructura y previsibilidad, especialmente en los grados inferiores donde la estabilidad es determinante.
En el INEM Felipe Pérez el debate no es ideológico ni sindical. Es institucional. Un colegio oficial debe funcionar con documentos claros, planificación verificable y uso coherente de recursos públicos. Cuando los padres empiezan a preguntar si realmente existe un plan, cuando los estudiantes perciben desorden y los docentes trabajan bajo cambios constantes, el problema ya no es interno. Es de interés general.

