Alguien me dijo que exagero. Alguien me acusa de atacar a una estudiante. Alguien me señala con el dedo por “politizar” una elección escolar. No. Yo no ataqué a una niña. Yo cuestioné una práctica. Yo señalé una intervención indebida. Y lo sostengo: cuando una concejala en ejercicio decide respaldar públicamente a una candidata en una elección donde solo pueden votar los estudiantes, está cruzando una línea que no debería cruzarse.
La personería escolar es un espacio de formación democrática entre pares. No es una extensión del Concejo. No es un laboratorio de proyección política. No es un escenario para que quienes ya ostentan poder legitimen a quienes tienen vínculos con ese poder. Si los únicos habilitados para votar son los estudiantes, ¿qué hace una concejala interviniendo? ¿Qué necesidad tenía? ¿Qué mensaje está enviando?
Y sí, el apellido importa. En política, siempre importa. Cuando una candidata es sobrina del alcalde, la competencia deja de ser simétrica. No porque la joven no tenga méritos, sino porque el contexto pesa. El entorno pesa. La cercanía al poder pesa. Los demás candidatos no compiten solo contra propuestas; compiten contra una estructura simbólica que les lleva ventaja desde el primer día. Eso no es igualdad. Eso es privilegio.
Algunos intentan reducir esto a un detalle menor. Un video. Un gesto. Un apoyo. No. Es la normalización del delfinazgo. Es la pedagogía del “tener padrino”. Es enseñar, desde el colegio, que el respaldo correcto vale más que la idea correcta. Así empieza la cartelización de la política: no con grandes escándalos, sino con pequeños actos que se vuelven costumbre.
No es un ataque personal. Es una posición de principios. La política debe ser para quien tiene ideas sólidas y capacidad de ejecutarlas, no para quien nace en el círculo adecuado. Si desde los espacios formativos no defendemos la competencia limpia, después no nos sorprendamos cuando la vida pública esté dominada por apellidos reciclados y redes cerradas.
Lo digo con firmeza: los delfines políticos hay que desmontarlos desde la raíz. Pereira no necesita herederos del poder, necesita ciudadanos que se ganen cada espacio por mérito. Y mientras el poder siga apareciendo; directa o indirectamente, inclinando la balanza en procesos formativos, seguiré señalándolo. Porque callar ante eso sí sería una irresponsabilidad.

